Un rey inglés en Gajanejos…

Una vez más, gracias a la hemeroteca del diario ABC, y a la colaboración de Marta Barbancho, que nos ha hecho llegar el recorte de prensa, compartimos con vosotros una curiosa mención de nuestro pueblo, Gajanejos, en la prensa nacional. 

En ste caso se trata de un curioso reportaje, publicado en el diario ABC el dia 7 de octubre de 1970, y firmado por J. Antonio Cánovas del Castillo, en el que se relata como, allá por el año 1719, el rey de España, Felipe V, aloja a Jacobo III, su futuro cuñado y monarca inglés, en las localidades de Gajanejos Alcolea del Pinar, entre otras. Hasta aquí la noticia quedaría más bien en anécdota… imaginándonos que el monarca hizo, durante su viaje, ciertas paradas que, fruto de la casualidad, vinieron a tener lugar en Gajanejos. Pero lo curioso de este recorte de prensa no es tanto la parada del rey en nuestra “aldea” como la descripción que de la misma, al igual que de Alcolea del Pinar, hace el autor del reportaje. No escatima en descalificaciones, por no entrar en los errores de documentación cometidos… todo un insulto a los dos pequeños municipios, en la mayor parte de los casos sin conocimiento de causa.

Habla primero de lo insólito de la parada en Alcolea del Pinar, arguyendo que lo correcto hubiese sido hacer en este pueblo una parada de minutos, y no de un día entero. Pero al parecer, más aún que en el caso de Alcolea, le enerva la visita a Gajanejos “El asombro sube de punto al saber que luego fue desde Alcolea del Pinar a Gajanejos, donde permaneció todo el dia 24 de marzo”. No sólo declara abiertamente que ni Alcolea ni Gajanejos tienen interés alguno a nivel monumental, paisajístico ó industrial, sino que llega a afirmar que de hecho Gajanejos “ya no existe”. 

Aprovechando el sermón de descalificaciones y despropósitos, el autor del artículo extiende sus comentarios a toda la comarca: “la ruta que desde Medinaceli baja hasta Torija Guadalajara es una de las más antiturísticas de España”, proponiendo como alternativa turística la sustitución de Alcolea por Sigüenza y de Gajanejos por Brihuega.

Pero seguramente lo más irrisorio del reportaje sea el final… en el que el autor, con espíritu conciliador, habla “afanoso de no provocar los consabidos resquemores locales” de las “virtudes de sus habitantes, la belleza de sus mujeres y su típica cocina regional”. Esto último parece que de hecho está demostrado… con la “cuenta” que el rey de España tuvo que abonar por la comilona que el monarca inglés se pegó en Alcolea. En fin… un escrito turbulento, lejano, que no denota sino el desconocimiento del tema que se trata… sólo hubiese necesitado acercarse a la Casa de Piedra de Alcolea, o al barranco de La Nevera de Gajanejos, para ver cuán equivocado estaba.

Os facilitamos a continuación el artículo íntegro, para que podáis opinar y juzgar por vosotros mismos: 

UN REY EN ALCOLEA DEL PINAR 

Y no me refiero a la Majestad de Don Alfonso XIII, que, ya en época automovilística, hizo un alto, viajando a Barcelona, para tener el simpático gesto de imponer personalmente la Medalla de Oro del Trabajo al modesto campesino que, con un pico por todo instrumento, supo hacer pacientemente una vivienda para su numerosa familia.  

Una placa de mármol sobre la fachada de “La Casa de Piedra”, de Alcolea, evoca así la efemérides: 

“A Lino Bueno, 
que trabajó 20 años
en sus horas libres
para hacer del peñón una vivienda. 
Su Majestad el Rey Don Alfonso XIII
y el General Primo de Rivera
visitaron esta casa el 5 de junio de 1928″. 

Lo sorprendente, en verdad, es que visitara Alcolea del Pinar un Rey de Inglaterra, recibido como tal, en el curso de un viaje oficial a nuestra Patria y en época que los medios usuales de transporte eran la diligencia o la carroza o la silla de manos. Y saberle hacer allí un alto no de breves minutos, sino de la jornada completa del 23 de marzo de 1719. 

Me refiero a Jacobo III Estuardo, hermano de la Reina Ana, que nos usurpara Gibraltar, invitado a venir a España por nuestro Rey Felipe V para negociar la emprendedora acción política exterior del cardenal Alberoni contra Jorge I de Hannover, primo segundo del dicho Rey Jacobo. 

El asombro sube de punto al saber que luego fue desde Alcolea del Pinar a Gajanejos, donde permaneció todo el dia 24 de marzo. 

Alcolea del PInar es una simple calle (después, doble, y a uno de sus lados, triple) formada en la intersección de unos caminos secundarios con una carretera que ahora, al desviarse, deja al núcleo sin su primitiva razón de ser. Y Gajanejos es harto menos aún. Ya no existe, por haberse destruido en 1938 al quedar en “tierra de nadie” desde marzo de 1937, habiéndose construido en 1939 un “Nuevo Gajanejos” a cierta distancia del anterior, para situarlo junto a la carretera general, que pasaba a cierta distancia del antiguo. 

Huelga decir que ninguno de ambos pueblos tiene, ni menos aún entonces tenía, cosa alguna susceptible de llamar la atención, como no sea la Guardia Civil de Tráfico. Absolutamente nada es digno allí de admiración económica o fabril, ni artística o monumental, ni urbana, ni paisajística siquiera. 

En efecto, la ruta que desde Medinaceli baja hasta Torija y Guadalajara es una de las más antiturísticas de España: dejando a un lado las “alcarrias” o pequeños valles de Sigüenza, Peregrina, Jadraque, Argecilla, Valfermoso de las Monjas y Muduex, y en el lado opuesto las pintorescas vegas de Cifuentes y de Brihuega (“el jardin de la Alcarria”, por antonomasia), el camino recorre, casi rectilíneo, un seco páramo que a trechos parece desértica tundra. Ni siquiera las verdes manchas de Barbatona y de Hortezuela de Océn se divisan apenas desde la árida estepa escogida por tal ruta, a pesar del nombre de Alcolea del Pinar. 

El iluste historiador Layna Serrano, enamorado con toda justicia de su Alcarria nativa, apunta repetidamente este contraste, que provoca una falsa impresión en quien cruza la comarca solamente por la ruta de Alcolea hasta Trijueque, sin asomarse a bordes de valles tan rientes y atractivos como los citados. 

Falsa impresión, pero penosa tan evidentemente cual me lo acreditaba no hace mucho una familia francesa que almorzaba en la venta de Almadrones: 
– Dites, monsieur, et toute la rout est-elle comme ça?

¿Cómo es posible que el alto oficial encargado por Felipe V del plan de viaje y aposentamiento del Monarca británico trazara tan deslavazado itinerario, que hubiera merecido la desaprobación de la menos competente agencia turística actual?. ¿Por qué no aligeró esas jornadas, limitando el “alto en el camino” a un mero relevo de caballos, o sustituyó la jornada de Alcolea por otra en la monumental Sigüenza, y la de Gajanejos por otra en la próxima y encantadora Brihuega, que le hubiera permitido cruzar el campo de Villaviciosa, escenario de la entonces recentísima victorial qeu asentó sobre el Trono de España al primer Borbón?. 

O bien, ¿por qué no sustituyó el siempre paupérrimo Gajanejos por el entonces habitable y siempre bello castillo de Jadraque, donde hacía entonces poco que Isabel de Farnesio recibió -y despidió- a la un dia todopoderosa princesa de los Ursinos?. 

Recuérdese, en efecto, que en 1719 no estaba aún trazada definitivamente la carretera actual de Madrid a Zaragoza y Barcelona, cual lo prueban los esfuerzos del obispo seguntino don Juan Díaz de la Guerra, entre 1777 y 1801, quien ofreció al Rey “abrir a su costa, en todo el tránsito de su diócesis, las carreteras de Aragón y de Navarra, bajo la conidición de que Sigüenza fuese el punto de confluencia”, y comprendiendo acertadamente que el futuro, humilde o próspero, de su ciudad dependeria de que quedarse viariamente aislada o relacionada directamente con las principales urbes de España. Oferta que fue aceptada por Carlos IV, en virtud de lo cual se iniciaron en 1798 las obras, que quedaron interrumpidas en 1801 al morir dicho ilustre prelado, trazándose la carretera desde Almadrones hasta Alcolea del Pinar en 1825, “sin apreciarse como debía la importancia del camino abierto por el citado obispo”. 

La torpeza en la elección de las etapas y alojamientos para nuestro egregio visitante sorprende menos recordando que tenía precedentes en nuestro país. Destaca entre los mismos el hecho de “alojar” en castillos tan pobretones y lugares tan poco atractivos como Santorcaz o Torrejón de Velasco, etc., a un Rey tan epicúreo como Francisco I, constructor de los más bellos castillos-palacios de Francia, como el de Chambord, el gran patio del castillo de Bicis con la célebre escalera circular, obra suprema del Renacimiento francés, o las bellísimas ampliaciones en Fontainebleau y de Saint Germain en Laye, entre otros, siendo, sin duda, el más grande constructor entre los Reyes de Francia, después de Luis XIV. 

Y no es disculpa el que se tratara del prisionero de Pavía, puesto que su estancia en el casi vergonzante castillo de Torrejón de Velasco (situado por cierto a poquísima distancia del riente castillo de Garcilaso, en Batres), fue en víspera de su matrimonio con la Reina viuda de Portugal, doña Leonor, hermana de Carlos V, no siendo ya, por ende, tratado como prisionero quien estaba a punto de trocarse su cuñado. 

Salvando las distancias y los tiempos, sorprenden, empero, las “jornadas” de un Rey de Inglaterra, en la veintena de su edad, y aún célibe (no obstante su compromiso con la princesa Clementina Sobiesky, hija del Rey Juan III de Polonia) en lugares tan inhóspitos como Alcolea del Pinar y Gajanejos. 

Personalmente, creo que esas jornadas de “pensión completa” en tan poco adecuados como innecesarios “altos en el camino”, fueron una sutil maniobra política de Felipe V y el cardenal Alberoni para no comprometer al erario español en su ya larga ayuda a la causa de los jacobitas. Tras la cooperación española en la expedición de 1715, y la que se preparaba para 1719, en el caso de que ésta fracasara, como fracasó por el temporal del Cantábrico (como años atrás otro temporal nórdico desbaratara la gran expedición de la Invencible), la Corona Española no quería empeñarse en una indefinida ayuda económica y militar. Mas tampoco quería tener el Rey de España -como decía el marqués de San Felipe- “el sinsabor de insinuárselo al Rey Jacobo”. 

Nada tan discreto como esa jornada en Alcolea del Pinar, carente aún de camioneros y gasolinera con hostal, aunque a lo mejor tuviera algunos pinos entonces, y en un Gajanejos tan inhóspito y humilde como lo fue siempre, para que el Rey Jacobo III comprendiera la importancia de la ayuda que recibía de Felipe V y que éste no podía seguir otorgándole indefinidamente, necesitando, como lo probaba tal evidencia, consagrar con preferencia sus recursos para promover el desarrollo económico de comarcas tan desabridas cual las que a la vista estaban. 

Proclamaré, sin embargo, afanoso de no provocar los consabidos resquemores locales, que tales pueblos se caracterizan, según es costumbre, por las ancestrales virtudes de sus habitantes, la belleza de sus mujeres y su típica cocina regional. 

Prueba de esto último son los “siete platos a medio día y siete platos a la noche” que se le enseñaron “como mínimo” a Jacobo II, según consta en las cuentas que figuran en el Archivo del Palacio de Oriente, de Madrid, Sección de Historia, caja 118. 

En Alcolea del PInar comió el Rey de Inglaterra y pagó el Rey de España la cuenta siguiente: 

“Memoria del gasto en lugar de Alcolea, de orden del Señor Celador:

Ocho aves de zevo sesenta y quatro
Dos gallinas ordinarias
Dos perdices cinco Rs. 
Dos Zarzetas quatro y mº
Treze pichos a 16 qtos
Seis libras de manteca de vaca
Zinco libras de puerco
Veinte y ocho libras de vaca
Treinta y dos libras de ternera
Ziento y cinquenta huevos
Una Paria

Monte duz. es. y veintinueve Reales y 18 maravedises”. 

“Menú turístico” que le permitiría comprobar a Jacobo III que, a pesar de la aridez de los paisajes, aquí se le trataba “a cuerpo de Rey”. 

J. Antonio CANOVAS DEL CASTILLO

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